domingo, 17 de julio de 2011

Reto: La ancianita que tenia ojos feos

Esa sin duda tenía que ser una casa embrujada.
Mientras mi hermano y yo estabamos afuera, escondidos en el patio detrás de una planta, pensábamos qué truco usar para que la ancianita abriera la puerta. Habíamos intentado varias veces tocar el timbre y escondernos, pero ella no abría la puerta; se limitaba a ver por la ventana, y al no ver a nadie, regresaba a sus quehaceres.

Era una ancianita altísima y delgada, que caminaba encorvada y tenía el pelo muy negro y con algunas canitas repartidas por ahí. Andaba siempre cara de pocos amigos, y unos ojos saltones tan feos... que no teníamos culpa de pensar que la señora era bruja. Por las tardes, si nos quedábamos fuera más tiempo del permitido, veíamos llegar a su hijo: un hombre feo, peludo y gordo, que llegaba gruñendo y se metía a la casa antes que pudiéramos ver qué había adentro. El, a nuestro parecer, en lugar de brujo era un ogro.

Así pasó el tiempo, hasta que un día la ancianita llegó a nuestra casa (sí! a nuestra casa!) y habló por lo que parecía una eternidad con nuestra niñera. Mi hermano y yo observabamos a una distancia prudencial (por si se enojaba y nos convertía en sapos) y tratábamos de imaginar de qué podrían estar hablando. Pensamos que nos había descubierto, y que estaba poniendo queja a la niñera para que le dijera a nuestros padres. O estaba tratando de convencer a la niñera que nos llevara a su casa para comernos. O algo horroroso como eso. Sin embargo la señora se levantó tranquila, estrechó la mano de la niñera y se fue, pasando al lado de nosotros y esbozando una sonrisa que nos dejó petrificados.

Asustadísimos corrimos a los brazos de la nana, y le preguntamos qué había pasado. Ella nos contó que la viejita estaba muy enferma, y llegó a preguntarle a la nana si conocía a alguien que se pudiera encargar de cuidarla. Me sentí muy mal por ella. La viejita no tenía culpa de ser tan feíta... y estaba muy enferma.

Desde entonces cambió mi forma de verla. Cuando la ancianita salía de su casa ya no corría a esconderme, al contrario: me acercaba y la saludaba. Y descubrí que aunque huelía a viejito (olor característico que toman las cosas al estar guardadas por mucho tiempo) era una señora muy agradable. Pero el hijo... el hijo todavía hoy me parece ogro!

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